En medio de un enrarecido ambiente solo comparable con el que suele percibirse cuando juega la Selección Colombia se cumplió el pasado viernes 7 de agosto el acto de posesión como presidente de la República de Abelardo De La Espriella.
Lo escribo porque mientras ocurría el histórico evento, que esta vez rompió con todos los cánones y protocolos tradicionales, el país pareció literalmente paralizarse.
La vida en las calles a esa hora de la tarde pareció congelarse. El silencio y algunas banderas de Colombia en las ventanas marcaron el ambiente. Las personas se detenían en almacenes y tiendas a ver la transmisión y escuchar el discurso del nuevo presidente de los colombianos.
Y no era para menos. Todos queríamos escuchar lo que tenía por decir el nuevo Primer Mandatario.
Unos eufóricos por finalmente ver tomar el mando del país al candidato por el que votaron. Otros, con la rabia y la decepción aún vivas por haber perdido las elecciones. Y por último otros que teníamos la casi ansiosa expectativa por conocer las primeras intenciones del mandatario, en especial por saber, si una vez posesionado moderaría su discurso y las amenazas que profirió contra la oposición a lo largo de toda su campaña.

Muy importantes fueron los discursos pronunciados durante el acto. Unos mejores que otros, pero todos importantes, no solo por lo que dijeron, sino también por su significado y simbolismo.
Mientras el nuevo presidente pronunció un discurso extenso, mas de campaña que de posesión, para mi gusto, algo ‘veintejuliero’, a la usanza de esos políticos antiguos que pasaban del vibrato al falsete con una facilidad asombrosa y que mediante una calculada pausa de silencio luego de cada párrafo daban intencional espacio para los aplausos, obteniendo vítores y vivas de su auditorio; un discurso en el que el presidente dejó prácticamente claro que tendremos un gobierno de corte ultra conservador, ‘Laureanista’, (familia, Dios y tradición) citando como referentes a Rafael Nuñez y a Alvaro Gómez Hurtado, (este último a quien admiro y respeto profundamente) con “regeneración moral” y “batalla cultural” de por medio, prometió mantener los programas sociales, respetar la separación e independencia de los poderes públicos sin mencionar a la JEP, además de anunciar su predisposición a fortalecer lazos con los Estados Unidos de América y con Israel, así como con los demás gobiernos de derecha de América latina, finalizando su discurso con la frase: “Viva Cristo Rey”, evocando el grito de ejecución de los cristeros mexicanos inmortalizada en la icónica canción de Vicente Fernández “El martes me fusilan” interpretación musical que termina con la frase: ¡Viva Cristo Rey y fuego! Con todo y lo que eso implica.
Luego del largo discurso algunos incluso llegaron a pensar que quien había ganado las elecciones había sido el partido conservador. Y pareciera que sí.
Abelardo de La Espriella (y muy probablemente el mismísimo Petro) lograron no solo revivir al Partico Conservador, sino también algo hasta hace poco impensable: que muchos liberales, «cachiporros de trapo rojo» votarán por las ideas de ese partido político. Eso ya es histórico.
El discurso del presidente me hizo recordar una muy buena película mexicana titulada “La ley de Herodes” y una miniserie colombiana: “Juanpis Gonzalez: el presidente de la gente” las cuales y solo para que entiendan por qué la recordé, les recomiendo ver.
Pero poco antes de aquel discurso, que quizá por no ser el del protagonista central de aquella ceremonia pasó para muchos desapercibido, pues no se le prestó mucha atención, no tanto por su simbolismo como por su significado, se dio un discurso que para mi gusto personal fue el mas sensato, profundo y diciente del evento.
Me refiero al discurso pronunciado por el nuevo presidente del senado, el senador Honorio Henriquez del Centro Democrático, quien en un llamado a la sensatez llamó al nuevo Presidente a convocar y promover la unidad nacional, la reconciliación, a construir sobre lo construido y en general a no profundizar más la polarización que ha proliferado durante las últimas décadas en el país.

Con todo y eso, creo que habrá que esperar a las primeras decisiones de gobierno y a la presentación de su agenda legislativa para saber realmente para donde va el país bajo el mandato del presidente Abelardo De La Espriella.
Para destacar la inclusión en el orden del dia del punto denominado “invocación y alabanza” en donde la cantante ‘Maia’ interpretó la canción «hallelujah»; un rabino, un pastor y un obispo católico bendijeron el acto, lo que dejó ver que el nuevo gobierno considera prioritario el ecumenismo religioso sin renunciar a encomendar a Dios, su gobierno y decisiones, gesto que no osbtante a ser fuertemente criticado por algunos, nos recuerda a todos que Colombia pese a ser un estado constitucionalmente laico, es también un país mayoritariamente cristiano (católico y no católico) y que nos permitió recordar que no solo aquí sino también en la democracia mas perfecta del mundo, los Estados Unidos de América, se invoca a Dios no solo durante el acto de posesión presidencial, sino también en su Constitución y hasta en sus billetes, sin que por ello se hayan convertido en una teocracia o en un Estado confesional.

Sobre este último punto, pienso que las minorías deberíamos comenzar por entender de una vez por todas que el ejercicio de los derechos por las mayorías no necesariamente comporta una vulneración de los nuestros (en este caso ni de la libertad de cultos, ni del estado laico, ni de la diversidad religiosa) mucho menos cuando esas mayorías han ganado las elecciones.
El Príncipe gobierna con su estilo, con sus creencias y con sus amigos, eso decidió la ciudadanía en democracia, sin que eso implique quebrantar -en mi sentir- ni la laicidad del estado consagrada en la Constitución, ni los derechos de las minorías ni tampoco la unidad nacional.
Y aunque concuerdo con cierto contertulio en que ni “cesó una horrible noche” ni tampoco deberíamos esperar un “milagro”, lo cierto, es que se nota el cambio de orientación del gobierno, de estilo, de formas y maneras; que en ocasiones suelen ser tan importantes durante el ejercicio del poder, el cual debe siempre -en mi sentir- comportar un áurea de majestad, decoro y dignidad; incluso adoptar unos mínimos de elegancia, así eso suene un tanto superficial.
Que comienza una nueva era, la que ya muchos denominan “La era del Tigre”, que hoy creo, resulta ser el menor mal para el país, un mal, más que necesario, oportuno (recuerden que escribí que ningún candidato me gustaba) pero que habrá que esperar un poco mas para saber realmente para donde va Colombia con su nuevo gobierno.

El sentido de las palabras pronunciadas en los discursos resultan muy importantes. Por eso recomiendo escucharlas con atención, pero serán los hechos los que marcarán el verdadero rumbo del país.
Personalmente soy moderadamente optimista, no me gusta la idea de que las ideologías se perpetúen en el poder, prefiero la alternancia sin retrocesos en libertades y derechos; tampoco me gustan los fanatismos ideológicos, políticos ni religiosos, ni de un lado ni del otro, pero Colombia ha demostrado ya, que tiene instituciones fuertes y que estamos preparados para avanzar por encima de las diferencias, incluso de los fanatismos, independientemente de la ideología o creencia de quien gobierne. Eso me da confianza para lo que se viene. Que no va a ser fácil.
Dos discursos, dos visiones, donde las palabras dichas, solo adquirirán sentido para bien o para mal con el paso del tiempo.
Por último, lo importante en el fondo no es que el gobierno sea de tal o cual ideología, sino que quien gobierne logre avanzar en la solución de los problemas del país respetando siempre la constitución y las leyes. De esto último deberán encargarse las instituciones.
Las ideologías al igual que las religiones dividen; pero el bien común, la solidaridad y el espíritu nacional unen. Son cosas diferentes que sirven a propósitos también diferentes.
A Deng Xiaoping, líder supremo de China a finales del siglo XX se le atribuye la siguiente frase: “No importa que el gato sea blanco o sea negro mientras que cace ratones”
Que las instituciones funcionen, que el gobierno funcione y que le vaya bien. Para eso, creo, debería comenzar por volver a escuchar con atención el discurso del presidente del Senado, el mas sensato y profundo de la tarde. Por ahí pienso puede ser la cosa.
De no ser así, el país podría llegar -dentro muy poco- a pararse y convulsionar en extremo, y entonces perderemos todos.
Gobernar es unir, sumar y avanzar incluso en medio de las diferencias.
¡Ojalá y el nuevo gobierno lo entienda así, para que nos vaya bien a todos!


