domingo, 7 junio, 2026

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Los otros

Nuestra democracia tiene muchas particularidades. Una de ellas es haber sido, con todas sus dificultades, una de las más estables, si no la más estable de la región durante los últimos 73 años.

Sin embargo, desde nuestra fundación como Nación independiente hasta nuestros días, hemos vivido inmersos en profundas divisiones y polarizaciones. Pareciera que la incapacidad para ponernos de acuerdo se hubiera convertido en parte de nuestra identidad nacional.

Independentistas contra Realistas. Bolívar contra Santander. Federalismo contra Centralismo. Estado laico contra Estado confesional. Liberales contra Conservadores. Izquierda contra derecha. Uribismo contra el resto del país. Y ahora, más recientemente, progresismo contra ultraderecha.

Esta interminable disputa entre bandos nos ha llevado, en muchas ocasiones, a olvidar lo fundamental: todos somos iguales en medio de la diferencia. Este principio va más allá de reconocer que cada persona tiene derecho a pensar y actuar como considere. También implica entender que cada uno de nosotros forma parte de un mismo proyecto colectivo llamado Colombia.

Compartimos símbolos que hacen parte de nuestra identidad: la bandera, el himno y el escudo. Son elementos que, sin importar dónde estemos, nos recuerdan quiénes somos. También existen otros símbolos construidos socialmente, como la camiseta de la Selección Colombia, que por estos días ha sido objeto de debate y controversia.

Pero quizás lo que más nos une como colombianos es la certeza que cada uno de nosotros de que el otro está equivocado. No que yo tenga la razón, sino de que el otro está equivocado; que no es lo mismo.

Cada elección presidencial nos obliga a someter nuestras ideas, convicciones y proyectos de país al escrutinio público. Tenemos la responsabilidad de elegir un gobernante; un administrador de lo público, alguien capaz de gobernar para todos en medio de las diferencias. Porque, hasta ahora, Colombia no ha logrado elegir un líder capaz de unir a toda la nación alrededor de una misma visión o de un proyecto compartido.

Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán fueron, quizás, quienes estuvieron más cerca de convertir a Colombia en un propósito común que movilizara a la sociedad hacia un mismo horizonte. Sin embargo, las fuerzas que históricamente han encontrado en la violencia una herramienta para preservar privilegios apagaron sus voces antes de tiempo. Ese poder en la oscuridad, el poder de las balas para apagar sus luces.

Las dos últimas elecciones presidenciales han sido fenómenos políticos extraordinarios. Candidatos inesperados, niveles históricos de participación, campañas construidas desde las redes sociales, eslóganes virales, videos, bailes y una movilización ciudadana pocas veces vista.

Pero el elemento más importante de estas últimas elecciones es que no fueron quienes como muchos de nosotros, nacimos y crecimos en una ciudad capital, tuvimos acceso a educación, oportunidades y condiciones relativamente favorables los que las decidieron, sino precisamente una minoría olvidada y excluida que antes no tuvo esa posibilidad: decidir.

Por esa razón pienso que la verdadera clave de estas elecciones está en ‘los otros’.

En aquellos que han vivido la violencia, el desplazamiento, el abandono estatal, la discriminación y la exclusión. En quienes no tuvieron las mismas oportunidades. En quienes habitan esa Colombia profunda e invisible que muchas veces observamos desde la distancia, sin comprender plenamente sus dificultades.

El 8 de agosto de 2026, para mí y para muchos privilegiados, la elección de Cepeda o de Abelardo probablemente no transformará radicalmente nuestras vidas. Seguiremos estudiando, trabajando, produciendo y disfrutando de nuestras rutinas. Quizás algunos bienes o servicios sean más costosos, o algunas condiciones económicas cambien, pero nuestro statu quo difícilmente se verá alterado de manera sustancial.

Lo que sí cambiará será la vida de los otros.

La vida de quienes viven en la Colombia profunda; esa que permanece invisible para muchos. La de los campesinos que dependen de una carretera para sacar sus cosechas. La de los jóvenes que esperan una oportunidad para estudiar. La de los adultos mayores que necesitan atención digna. La de las madres cabeza de hogar, los trabajadores informales y las familias que sobreviven en condiciones de vulnerabilidad.

Muchos de quienes hoy defienden con fervor una causa política lo hacen desde posiciones de privilegio. Y el privilegio, en ocasiones, genera una forma de ignorancia involuntaria: la de no conocer las realidades ajenas. No se trata de un señalamiento despectivo ni peyorativo, tampoco de una descalificación moral. Ignorar algo significa simplemente no haber tenido contacto con ello o ser incapaz de ponerse en su lugar.

Por eso, en una elección como esta, deberíamos apelar a las emociones, pero a las mejores emociones. A la empatía, la solidaridad y la esperanza. No al miedo, al odio o al resentimiento. Mucho menos a la tentación de destruir al que piensa diferente.

Ese capítulo doloroso ya lo hemos vivido demasiadas veces en nuestra historia. No deberíamos repetirlo. Algunos definen la locura como hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes.

La decisión que tomemos definirá las condiciones de vida de millones de colombianos. No de quienes habitamos la comodidad relativa de nuestras ciudades y privilegios, sino de aquellos que más dependen de que el Estado funcione. De esos ‘otros’ que, aunque muchas veces no vemos, sostienen silenciosamente el país.

Ningún pretexto debería ser suficiente para olvidarnos de ellos. Ninguno.

Las elecciones no deberían ser una disputa para demostrar quién tiene la razón, sino una oportunidad para preguntarnos qué país queremos construir y para quién lo queremos construir. Más allá de nuestras diferencias ideológicas, todos compartimos un destino común. Por eso, antes de votar desde nuestros miedos o prejuicios, deberíamos pensar en aquellos cuya vida sí puede cambiar de manera profunda con el resultado de una elección.

Al final, la verdadera grandeza de una democracia no se mide por cómo protege a los más privilegiados, sino por cómo transforma la vida de quienes más la necesitan.

Por ellos, por ‘los otros’, me la juego por la vida.

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