Maese Pedro, en Don Quijote de la Mancha, y el carpintero Geppetto, del entrañable Pinocho, son, quizás, los titiriteros más famosos de la historia. Dotados de una habilidad casi mágica, logran que sus “criaturas” salten, giren y hagan piruetas mientras ellos, discretos, mueven los hilos desde las sombras. Los más virtuosos incluso hablan por sus muñecos sin mover los labios, como si la voz también fuera de madera.
Hasta ahí, todo parece un espectáculo inocente: niños maravillados, adultos riendo y el telón que cae entre aplausos. Pero cuando el escenario cambia del circo a la política (sin diferencias muy marcadas), el acto deja de ser entretenimiento y empieza a parecerse más a un manual jugaditas políticas. Porque, aunque cueste creerlo, los titiriteros no son exclusivos de los cuentos.
En el panorama nacional abundan los ejemplos de este noble arte. Hay quienes, con paciencia de artesano, han confeccionado una colección completa de marionetas, como Álvaro Uribe Velez: unas hablan de más, otras piensan de menos, pero todas cumplen su función. Así, desfilan nombres que parecen sacados de un elenco cuidadosamente seleccionado: Andrés Felipe Arias, versión “agropecuaria”; Óscar Iván Zuluaga, modelo “poco agraciado”; Iván Duque, edición “descerebrada”; y, más recientemente, Paloma Valencia, en su versión “psiquiátrica”. Cada una con su estilo, pero siempre con los hilos bien sujetos.

Y si alguien pensaba que este espectáculo era exclusivo de las grandes ligas, basta mirar el escenario regional. Allí también hay talento. El caso más reciente es el de Ángel de Jesús Becerra, conocido cariñosamente como “Chucho”, quien, sin necesidad de teatro ni boletería, decidió montar su propia función, al parecer el costo de la boletería exigida era bastante alta. Movió los hilos con tal destreza que su familiar, la concejal Sandra Duarte Becerra —elegida con su impulso—, pasó de ser parte del elenco oficial a crítica implacable de la administración de Piedecuesta.
Lo curioso no es el cambio de libreto, sino el momento del giro dramático: después de haber gozado de cuotas burocráticas y participación política, la concejal descubrió, con asombro digno de ovación, que el agua… efectivamente moja. Y lo denunció. Tarde, pero con entusiasmo. ¿Revelación genuina o acto cuidadosamente ensayado? El público, como siempre, decide.
Mientras tanto, el calendario electoral se acerca y, con él, la temporada alta del circo político. Se alborotan los ánimos, se alisan los crespos, se afinan los discursos y aparecen las clásicas “jugaditas”, ese género artístico que mezcla estrategia, improvisación y algo de ilusionismo.
En Bucaramanga, por ejemplo, ya se observan peregrinaciones políticas en busca de bendiciones estratégicas. No faltan los aspirantes que hacen fila, casi con estampita en mano, esperando la venia del pastor Beltrán, como si se tratara de una audición celestial para el papel protagónico del “proyecto de ciudad”. Un proyecto que, por cierto, sigue en etapa de ensayo… y sin fecha clara de estreno.
Así las cosas, las pasadas elecciones marcaron el tono de lo que viene: más funciones, más personajes y, por supuesto, más titiriteros. Porque en este teatro, aunque cambien los muñecos, los hilos y quienes los manejan, parecen ser siempre los mismos.



