martes, 20 octubre, 2026

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Lo que el tigre se robó

Si a la izquierda colombiana le quedaba alguna duda de que la política contemporánea se libra en el terreno de los símbolos, el naciente gobierno de Abelardo De la Espriella acaba de despejarla con varios golpes en solo «nueve semanas y media», como el título de la famosa película. (Esta columna estuvo a punto de llamarse así)

El nuevo inquilino de la Casa de Nariño demostró ser un alumno aventajado del populismo de derecha contemporáneo: copió la estrategia de la rabia antisistema de Donald Trump y Javier Milei para ganar en las urnas, y ahora copia la implacable máquina de propaganda de Nayib Bukele para gobernar y dictar la agenda cultural. No vino solo a administrar el Estado; vino a reescribir el relato desde sus cimientos.

Para entender este ajedrez, basta con mirar algunos de sus nombramientos. La llegada de Viviane Morales al Ministerio de Educación fue solo el primer aviso. El verdadero golpe sobre la mesa fue nombrar a una funcionaria aún más extremista y radical: Ilva Myriam Hoyos. Para quienes tienen memoria corta, Hoyos fue la mano derecha ideológica en la Procuraduría de Alejandro Ordóñez, aquel inquisidor de saco y corbata que convirtió el Ministerio Público en un tribunal medieval, tristemente célebre por quemar libros y destituir a diestra y siniestra a quienes no encajaran en su dogma ultracatólico. Recientemente ante la OEA en donde fue nombrado embajador por De La Espriella, cerró su dicurso con la frase “viva Cristo Rey”. El nombramiento de Hoyos es un mandato claro: usar el Estado como sacristía para defender la fe, la familia tradicional y las “buenas costumbres.”

Ilva Myriam Hoyos Castañeda Ministra de Educación.

Pero donde el bisturí ideológico está cortando más profundo es en las instituciones de la memoria. Hay una notoria y sistemática preocupación de De la Espriella por borrar del imaginario colectivo aquello que no encaje en su epopeya patriótica. Es una directriz de Estado para desaparecer de la narrativa oficial símbolos que -aunque a muchos no les gusten- forman parte de la convulsionada historia política del país, como el emblemático sombrero de Carlos Pizarro —el histórico comandante del M-19 asesinado en 1990— y difuminar en el olvido los horrores del exterminio de la Unión Patriótica (UP), -aquel partido político que en democracia amenazaba con ganar las elecciones y llevar a la izquierda al poder- masacrado sistemáticamente, según concluyó una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. De la Espriella no quiere sanar la historia; quiere editarla.

Pero seamos justos y no nos traguemos el cuento de la víctima inocente, porque el progresismo tampoco es una virgen herida en esta guerra. Durante el gobierno de Gustavo Petro, la izquierda intentó hacer exactamente lo mismo: tomarse el relato. Su gran error fue la arrogancia y la desconexión. De La Espriella es arrogante, pero conecta. Intentaron sacralizar y elevar a la categoría de valores nacionales una serie de agendas identitarias de nicho, olvidando que gobernaban a una Colombia que, en su inmensa mayoría, es blanca y mestiza, profundamente católica, heterosexual y aferrada a la familia tradicional. Quisieron cambiarle el alma al país a punta de nombramientos inmerecidos y actos simbólicos para minorías, y terminaron entregándole la mayoría en bandeja de plata a la derecha reaccionaria. Eso pasa cuando una minoría en el poder intentar imponerle sus valores a la mayoría.

Por eso, cuando hoy el progresismo pone el grito en el cielo y denuncia que la derecha captura el relato y borra la memoria, hay que ponerles un espejo. Tienen razón, pero olvidan un detalle monumental: esta es exactamente la estrategia que la izquierda diseñó, ejecutó y presumió durante medio siglo de larga marcha a traves de la “intelectualidad” el arte, la cultura, y la academia pública. Todo nace de Antonio Gramsci, un comunista italiano que murió en una cárcel fascista de Mussolini en 1937. Gramsci se dio cuenta de que las revoluciones violentas fracasaban porque el verdadero poder no está en las armas, sino en la «hegemonía cultural». Su tesis era simple pero brillante: si controlas lo que la sociedad considera normal o «de sentido común» desde las universidades, los medios y las escuelas, controlas el poder sin importar quién gane las elecciones.

La nueva derecha latinoamericana simplemente les robó el manual, aprendió la lección de Gramsci al pie de la letra, la sacó de las facultades de sociología y la aplicó en Instagram, Whatsapp, Facebook y TikTok. Y es que «El Manual del Tigre» no es un invento criollo; es una franquicia continental finamente calibrada. Si miramos el mapa de América Latina de los últimos doce años, el patrón es calcado. En Brasil, Jair Bolsonaro capitalizó el hartazgo hacia el PT a punta de cadenas masivas de WhatsApp y la defensa a ultranza de Dios, patria y familia. En Argentina, tras el hastío kirchnerista, Javier Milei convenció a los jóvenes en las redes de que la verdadera rebeldía era ser de derecha y «anti-woke». Y ni hablar de El Salvador, donde Bukele reemplazó los ministerios por estudios de producción, aniquilando a la vieja izquierda del FMLN a punta de algoritmos y mano dura.

En todos estos países, la receta para derrotar a la izquierda fue la misma: aprovecharse de un progresismo que se emborrachó de superioridad moral, que pasó de ser la voz de los obreros a convertirse en una élite urbana, académica y regañona. Se enfocaron en agendas de minorías (lenguaje inclusivo, identitarismo, debates de género) mientras el desempleo, la falta de atención en salud, la inseguridad y la pobreza asfixiaban a la clase trabajadora. La derecha capitalizó ese divorcio: se presentó como la defensora de los valores tradicionales y del ciudadano de a pie que estaba harto de que lo llamaran machista, racista o retrógrado por querer llegar vivo a su casa y tener plata en el bolsillo.

Fue así como la izquierda se desconectó de la calle mientras la derecha hizo alianzas inquebrantables con los sectores religiosos, y una Blitzkrieg (guerra relámpago) tecnológica. La derecha sustituyó los densos y profundos debates de tres horas por videos de 15 segundos, hackeando las emociones humanas más básicas: la rabia y el miedo.

Los verdaderos operadores de esta maquinaria reaccionaria en la región tienen nombre propio: El periodista español y agitador de extrema derecha, Javier Negre, conocido por dirigir medios digitales de línea conservadora y ultraconservadora y el estratega argentino Fernando Cerimedo, arquitecto de los «troll centers» en América Latina, Cerimedo fue clave en las victorias de Milei, movió los hilos para Bolsonaro y fue la mente maestra detrás de la campaña digital que hoy tiene a De la Espriella en el poder. Una maquinaria que, al igual que en Chile o Argentina, ha empleado cuentas títere y bots para difundir campañas sucias de desinformación. Petro, por su parte, también tuvo al español Xavier Vendrell como asesor y lo nacionalizó colombiano.

Y si creen que esto para aquí, vayan preparando los servidores para las próximas elecciones en Brasil, donde la misma maquinaria digital ya calienta motores para revivir a la ultraderecha, mientras un Lula da Silva atrapado en la estrategia electoral del siglo XX -como le pasó a Cepeda aquí- todavía trata de entender cómo es que un bailecito ridículo en TikTok sirve para pelear la presidencia.

No estamos viendo entonces un simple péndulo político, estamos viendo una guerra frontal por la hegemonía cultural. Bukele fue el pionero del relato, Milei armó el empaque digital, De la Espriella lo perfeccionó en Colombia, y Gramsci es el fantasma que lo explica todo.

Mientras «El Tigre» consolida su trampa, borra las cicatrices incómodas e intenta reescribir la historia, la izquierda comete el peor error que podría cometer un estratega: quejarse de las reglas del juego que ella misma escribió.

Así es como el “Tigre” se robó el manual de Gramsci, se robó el relato y se está robando la memoria histórica del país. Esperemos que no logre robarse la democracia.

La batalla por Colombia ya no se pelea en el monte; se pelea en el disco duro de la nación. Y, por ahora, el teclado en modo administrador lo tiene la derecha.

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