jueves, 21 mayo, 2026

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Santander: Un laboratorio de ‘redentores’, ‘outsiders’ y clanes políticos

En Santander, a comienzos de 2000, una generación de políticos emergentes —clanes— desplazó a los tradicionales y, desde entonces, ha permanecido casi absolutamente controlando el poder político. Esa élite política emblemática en las últimas décadas se hizo en partidos emergentes, alternativos al tradicionalismo político, terceras fuerzas, creó un partido político regional con relevancia nacional, Convergencia Ciudadana, y muchos de sus líderes elegidos por voto popular y luego judicializados, eran auténticos “outsiders”, como el ex policía Hugo Aguilar, su hijo, un sex symbol desconocido, Richard Aguilar, el millonario Rodolfo Hernández y varios miembros de corporaciones públicas

Los emergentes, forasteros de la política, “le pintaron la cara al liberalismo, luego de décadas en el poder”, y terminaron hegemonizándolo todo, hasta las grandes instituciones universitarias de la región —UIS y UTS—, los activos públicos más valorados, cuyas directivas han sido funcionales a ellos y convirtieron la academia en “muros de silencio” y “grandes contrataderos”, ampliamente cuestionados por la ausencia de transparencia y el gasto de millonarios recursos públicos con criterio político.

‘Que roben, pero que hagan’…

En Santander, se ha construido socioculturalmente una suerte de “admiración”, casi un mito, a la astucia y el poder de los políticos sub judice, como si “reencarnaran una especie de Robin Hood que roba al Estado y entrega parte al pueblo y ven como natural que vivan como magnates”, lo confiesa en privado un reconocido líder gremial y cultural.

Contra todo pronóstico, en 2015, Rodolfo Hernández, el político populista de derecha arrebató la alcaldía al eterno y poderoso partido liberal y con esa vertiginosa plataforma casi termina de presidente de Colombia en 2022. Allí se incubaron todos los políticos y activistas independientes y alternativos que protagonizaron el gobierno de la capital por dos periodos, con una fuerza mediática indiscutible —influencers y youtubers— blandiendo la retórica de la “anticorrupción y la defensa del páramo de Santurbán”, sin poder político real y ganándose tempranamente una oposición intestina, como quiera que a pesar de autoerigirse como alternativos y ser favorecidos electoralmente por la opinión, terminaron cuestionados también por los escándalos de corrupción: la condena de Rodolfo Hernández y el enjuiciamiento de Carlos Ramón González.

En 2023 gana ampliamente las elecciones en Bucaramanga el pastor evangélico Jaime Beltrán, con el apoyo de políticos cuestionados y vendiendo un mantra religioso “de devolver la seguridad a los ciudadanos y expulsar a los malos”, un joven político tradicional que había militado con los liberales y que en sus inicios comportaba algunas características de outsider político.

El auge de los ‘outsiders’ y ‘emergentes’

El concepto de outsider tiene dos dimensiones constitutivas: 1) inexperiencia política y 2) búsqueda del poder a través de un partido nuevo, ambas necesarias para que un político sea definido como un outsider. Estos políticos amateurs al gobernar prefieren gabinetes compuestos por personas sin experiencia en política y en administración pública –tecnócratas independientes y personas de su círculo profesional y familiar más cercano– están fuera de las convenciones políticas clásicas y basan su liderazgo a partir de un discurso antiestablecimiento.

Lo “emergente” en política está asociado con lo novedoso, lo inesperado, lo original; genera constante movimiento y cambios sin alterar las estructuras preexistentes. Estos forasteros al sistema político, producto de las crisis de los partidos tradicionales, se abanderaron como alternativa y símbolo de cambio y renovación, actuando fuera del establecimiento y tuvieron que construir una identidad anti política, de imparcialidad y antagonismo frente a lo viejo, mediante estrategias simbólicas centradas en las redes sociales. Tienen un estilo personalista, carismático y pragmático, y muchos reivindican el progresismo, la transparencia y modernización de la política, le juegan a la democracia interna, pero son jerárquicos y verticales en sus decisiones. Convergencia Ciudadana, el malogrado partido emergente santandereano, y el más reconocido en el país, cumplió muchas de esas cualidades.

Profundos cambios institucionales en el país (la Constitución de 1991, elección popular de alcaldes y gobernadores, etc.) profundizaron el progresivo deterioro de los antiguos “feudos electorales” y el surgimiento de los terceros partidos no tradicionales que cumplieron un papel clave en la socialización de las nuevas élites políticas. La parapolítica,demostró que el paramilitarismo permeó a la dirigencia de la mayoría de los partidos y transformó profundamente las élites políticas regionales.

En Santander, específicamente, los políticos de Convergencia, estuvieron liderados inicialmente por un sector sindicalista de izquierda vinculado con el M-19, y luego fueron más allá de ese carácter progresista y alternativo, y sin salirse de las reglas de juego institucionales, entablaron alianzas complementarias con políticos bipartidistas, miembros de la oligarquía local y “élites parias” vinculados con cárteles mafiosos y grupos paramilitares, fundando un “modelo depredador de gobernanza” política.

La comprensión del sistema político en Santander, su naturaleza y funcionamiento pasa por distinguir quiénes conformaron esa élite política —los más reputados y poderosos—, su proceso de reclutamiento, las redes de poder, los valores y los acuerdos políticos que compartían y trenzaron, su origen social y representación política, sus cosmovisiones, el rol económico que tenían y lo que consumían culturalmente.

La expresión populista

Desde finales de los noventa, en Santander se ha consolidado una matriz de lealtades políticas de derecha, que se expresa en la alta legitimidad de los políticos emergentes que le pusieron “una vela a dios y otra al diablo”, en la alta estima de la fuerza pública, la familia, la inversión privada, el rechazo de las guerrillas, la aceptación social de los paramilitares —tuvimos más Convivir aquí que en todo Colombia—, en la interiorización del mantra de que somos “un buen vividero”, el cual esconde la altísima penetración del narcotráfico, por ejemplo, normalización de la violencia intrafamiliar y las lesiones personales entre los ciudadanos, el desprecio por los DD. HH., la estigmatización de las ONG y de la comunidad Lgbti: tuvimos las marchas anticartillas Lgbti más nutridas del país.

Todo ello desembocó en una narrativa negacionista del conflicto armado que excluyó a Santander del Acuerdo de La Habana con las ex-Farc; en sendas reuniones con el presidente Santos la dirigencia regional esgrimió la premisa falaz que “estábamos pacificados y en posconflicto”, a pesar de que Santander ha sido uno de los territorios más activos, estratégicos y afectados por la violencia y el conflicto armado.

En la sociedad, las transformaciones que se dan lentamente, acompañadas a veces de cambios abruptos políticos, o de procesos inéditos y eventos, no son absolutas, no parten de cero y muchas herencias, a veces indeseadas o virtuosas, permanecen y aparecen en filigrana en las nuevas realidades, o resurgen en su cara más siniestra.  Gramsci, el teórico italiano lo describió muy bien: mientras “el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

La expresión populista, a veces paralizante, duramente estigmatizada, tampoco ha sido tan negativa como se suele valorar. Para el politólogo Pierre Rosanvallon, la democracia es inacabada y a la vez una suma de modalidades imperfectas y un sistema experimental.

El populismo no nace espontáneamente, es producto del agotamiento del modelo parlamentario representativo y es una forma de autoritarismo democrático. Ha sido una reacción universal iliberal contra la clase política tradicional y moviliza una ideología coherente, una solución a los desórdenes del presente y plantea un modelo de democracia polarizada.

Además de neutralizar y satanizar a una vetusta élite política liberal en el concejo local. Rodolfo y sus herederos, señalados como sinónimo de desgobierno, en algo han contribuido a oxigenar y sacudir la política en Santander, cargada de poderes tenebrosos, lavadores de activos y nuevos ricos.

Los nuevos redentores

El ex director de Dirección de Tránsito de Bucaramanga, Carlos Bueno, que lo hicieron altamente mediático en el gobierno anterior de Cárdenas, un funcionario de “24 horas de trabajo imponiendo comparendos”, ha anunciado que será candidato a la Alcaldía, en caso de que haya elecciones atípicas ante la eventualidad de que el alcalde Beltrán sea suspendido definitivamente por doble militancia. Bueno, el día de su lanzamiento, radicó ante el Área Metropolitana de Bucaramanga, la donación de “los estudios técnicos, operativos y financieros para transformar el transporte público del Área Metropolitana por valor de $2.000 millones…un ambicioso plan elaborado por expertos nacionales e internacionales”. En 2022, el señor Bueno había contratado ya con el Área Metropolitana de Bucaramanga una asesoría con objeto similar, cuyos resultados pocos conocen. (CPS No. 11000342/22 con el AMB).

Esa “generosidad populista” de Redentor, que no es nueva en Bucaramanga, recuerda nuestra impronta alternativa. Rodolfo Hernández, a comienzos de los 2000, cuando el condenado por corrupción, exalcalde de Floridablanca Jairo Ulloa y vociferando un discurso de izquierda, intentaba peatonalizar el centro de ese municipio como un proyecto emblemático de cultura ciudadana y de recuperación del espacio público, ofreció regalar los diseños y efectivamente contrató al reconocido arquitecto Lorenzo Castro, proyecto que no se efectuó por la torpeza e inexperiencia del alcalde. Rodolfo contaba por esos días también, que “había regalado” los diseños de los intercambiadores de la carrera 15 y el Mesón de los Búcaros, lo que resultó falso, pues los diseños los terminó haciendo las UIS en la alcaldía de Lucho Bohórquez.

Las lecciones saltan a la vista. Los nuevos liderazgos que necesita Santander deben conocer y superar ese pasado inmediato de alianzas cuestionables y populistas inexpertos que desgobiernan y siembran incertidumbre. Deben desplegar otros referentes políticos y éticos, tomar en cuenta los aprendizajes de las alcaldías y gobernaciones fallidas, los avances de la gobernanza digital, asumir más capacidades blandas, más transparencia, más inclusión, más empatía, más capacidad de respuesta a los ciudadanos, y una mejor comprensión de la gente antes que del cemento.

El candidato Bueno debe mostrar honestidad intelectual y demostrar su transparencia, y decirles claramente a los ciudadanos a quién representa. En política es clave saber la trayectoria del candidato —HV—, lo que dice —propuestas—, pero, sobre todo, a quién(es) representa. En la política local se dice que el señor Carlos Bueno fue cuota en el Tránsito de Mauricio Niño, el poderoso contratista, financiador de campañas, carnal del exalcalde Cárdenas y “zar de los licores”. Ello también aplica para todos los candidatos venideros: deben contarnos qué modelo de ciudad propone, más allá del transporte público y la movilidad, su comprensión de la Bucaramanga de hoy, su modelo de seguridad, las relaciones con el gobierno central y los clanes políticos, etc.

Julio César Acelas Arias es historiador y politólogo, doctorando en ciencias políticas de la Universidad Externado de Colombia